miércoles, 20 de octubre de 2010

LA CRISIS ES DE CONCIENCIA

LA CRISIS ES DE CONCIENCIA

Uno de los aspectos característicos del comportamiento de individuos y sociedades hoy es el alto grado de información que poseen y que les permite eficacia, tanto en la producción como en la comunicación. No obstante debe observarse que ese alto grado de información no necesariamente implica un nivel igual de “formación”, pues que se puede esta muy bien informado pero a la vez muy mal formado.

El nivel cada vez más desarrollado y acelerado de los enlaces comunicacionales podría hacer suponer que esa mayor información debería estar remitiendo a un nivel mayor de sensibilización acerca de los problemas que ya no solo como individuos, ni siquiera solo como sociedades nacionales, sino como especie estamos afrontando, pero es la época en que paradójicamente menos conciencia (como productora de acción orientada a la búsqueda de soluciones) acerca de los problemas que como especie hemos propiciado y que han venido a trastocar el comportamiento de las leyes naturales que rigen el equilibrio del planeta.

Inmersos en una “lógica” materialista hemos sido copartícipes, por asimilación de un discurso orientado a la acumulación y concentración de riqueza, de una exacerbación de los niveles de producción y con ello, de una sobreexplotación de las capacidades del planeta hasta el límite de rebasar con creces las necesidades reales de todo cuanto la humanidad necesita para su reproducción material, pero a la vez y como contrapartida de esos niveles de acumulación y concentración de riqueza, hemos propiciado niveles de pobreza hasta el grado del hambre, desnutrición y muerte de cientos de miles de personas en el mundo, sin que ello llegue a inquietar “conciencias acomodadizas” que entienden que el móvil de la producción y del desarrollo de las potencias productivas de que el hombre puede ser capaz, no es calmar el hambre, ni satisfacer las necesidades humanas, sino que todo se trata de concentrar riqueza y por tanto de poner solo en las manos de quien pueda pagar los precios de las mercancías en las cuales se manifiesta dicha riqueza y de “excluir a través del mercado” a aquellos que no puedan pagar por ellas.

Toda esta trama se orienta a “consolidar el poderío económico” que a su vez permite reproducir los niveles de dominación política y con ello, de transferencia de riqueza, mediante el despojo de materias prima (recursos naturales extraídos de naciones pobres por los cuales, en el mejor de los casos, apenas si pagan), de naciones cuyas deudas, con ese objetivo planeadas por los países ricos, llegan a convertirse en la justificante para éstos, de imponer condiciones de todo tipo, al punto de anular las expectativas de autodeterminarse de muchas naciones del orbe.

Si notamos que desde que el patrón de convertibilidad antes establecido (esto es el patrón oro) fue eliminado, la equivalencia, tanto en el intercambio mercantil como en las transacciones de índole financiera, no tienen un “sustrato real de intercambio de equivalentes”, pues ya no existe el compromiso de parte de la nación emisora de la moneda de curso internacional, de honrar la demanda, como en el pasado, con un sustrato real de valor (vbgrc: oro –y dicho sea de paso, afectando el precio internacional del mismo por ese mecanismo-), las naciones del mundo se han convertido en tributarias, por la vía de transferencia de riqueza, lo cual deviene de honrar unidades monetarias recién emitidas sin respaldo en la producción, como si lo estuvieran, que se “licuan” con la gran masa ya circulante en el mundo, y que éste usa como equivalente general, no teniendo realmente ya ese carácter en la medida que se eliminó aquella convertibilidad en oro, deberemos notar entonces también, que en el momento actual no hay nada más efímero, ni más evanescente, que la estructura económico-financiera que alrededor de las transacciones crediticias se ha establecido, en el que economías nacionales (sobre todo de naciones pobres) transfieren riqueza real: bienes y servicios (producidos por cierto en condiciones menos ventajosas) por “riqueza nominal”: flujos de circulante emanados de aquella “estrategia” antes dicha, y que se confrontan en el mercado como si ambos tuvieran ese sustrato real de valor que poseen todas las mercancías: el ser producto del trabajo, cuando en realidad solo una parte de dicha transacción cumplió con esa prestación, esto es, la que se expresa en la masa real del acervo mercantil y que desde que ocurrió la eliminación de dicho patrón oro ya no encontró más en “su contraparte monetaria” ese sustrato real de valor.

Tal es la estrategia y tal la forma como dicho artilugio financiero, y sobre todo desde la desaparición de aquella convertibilidad, ha venido funcionando. A la par de este mecanismo, todos los aspectos que antes funcionaban como expectativa de rentabilidad financiera, cuando el oro en su forma de tesoro (en las bóvedas de los bancos) eran la garantía de un sustrato real de valor y que sustentaba toda transacción mercantil y sobretodo, también financiera, quedaron sin ese soporte, por lo que hoy se puede decir que si la emisión monetaria no guarda esa correlación con una reserva realmente existente de valor, que garantiza su convertibilidad en un valor real (materia aurífera), pero si además, ahora se emite dinero sin respaldo en la producción mercantil, la convención que rige las transacciones mercantiles (de dar mercancía –valor real-, por dinero –valor convencional-) ha dejado de ser una convención racional, para convertirse en una convención que sustenta un “negocio brillante” para unos pocos, montado en una trama que se funda en una crisis de conciencia.

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