jueves, 26 de agosto de 2010

Reporte del video.


Desde antes de que la especie humana pudiera dejar registro escrito acerca de sus logros y avances tanto en lo que toca a su propia reproducción material (sobrevivir como individuo), como a la reproducción social (la cohesión y mantenimiento de colectivo o clan), ya era capaz de establecer jerarquías, lo cual deparaba a quienes estuvieran a la cabeza de la pirámide de mando, los beneficios de disponer de los “bienes” que el clan como tal pudiera acarrear mediante el “trabajo” colectivo.
Así, aspectos como la alimentación, el abrigo y todo aquello que fuera necesario a los conformantes de la agrupación eran asignados como se asignan aún hoy en algunas especies animales, esto es, mediante la “ley del más fuerte”.
La complejidad y el crecimiento de las agrupaciones fue generando que los “mecanismos” de control social se fueran trocando hacia formas cada vez más sutiles (menos perceptibles), de modo que cada individuo pudiera “responder adecuadamente” al rol que le correspondiera, según la concepción imperante en la cúspide de aquella pirámide de mando. No obstante, el recurso de la fuerza siempre estaría vigente cuando algún disidente “o rebelde” cuestionara aquella “línea de mando”.
En la consolidación de aquellas formas de cohesión, los mitos han cumplido un papel muy importante. Ellos han sentado los dogmas necesarios para que los individuos que conforman el conglomerado social no pregunten por qué su rol es el que es y no otro; o por qué otro tiene un rol más elevado que el suyo; o cuál es la razón por la que otro sin trabajar tenga una provisión mil veces más elevada que la suya que trabaja de sol a sol y aún más.
Cuando las explicaciones resultaban “peligrosas” para la conservación del mando, los mitos creaban la falsa conciencia de saber y “explicaban” mediante elementos mágicos (o etéreos) las limitantes y privaciones a que los mortales estábamos sujetos. Era pues necesario crear el mito del poder del rey, del emperador, del faraón, etc. Este devenía de su “naturaleza divina”, de la nobleza de la familia a la que pertenecía, de las capacidades especiales del líder, etc., de modo que quien se le opusiera, estaba confrontando poderes que le podrían significar todo tipo de males, incluida la muerte y aún más allá.
Estos medios de dominación social han tenido que revestir, en los diferentes estadios del desarrollo de la humanidad, diferentes formas organizativas, que historiadores y sociólogos han denominado modos de producción. Así por ejemplo, en la antigua sociedad griega se veía como “natural” que la producción fuera realizada por el trabajo esclavo, quienes ocupaban el nivel más bajo de la pirámide social, es decir, no se les consideraba parte de dicha pirámide. Sin embargo dicha producción permitía al resto de la sociedad vivir a expensas del trabajo esclavo, sin ocuparse ellos mismos de producir lo que consumían, lo que les permitía dedicarse a “ocupaciones más dignas”, entre ellas la filosofía, la escultura, el desarrollo corporal, etc. Con algunas variantes, lo mismo ocurría en la Roma Imperial, donde aún el comercio era visto despectivamente, quedando dicha actividad relegada a extranjeros.
Más acá en la historia, específicamente durante el feudalismo (Alta y Baja Edad Media), también el vasallaje y la servidumbre cumplieron el mismo rol social, esto es, que la organización social para la producción permitió a un sector social vivir a expensas del trabajo ajeno, dejando a los productores directos, apenas lo necesario para la propia subsistencia, de modo que pudieran seguir produciendo y proveyendo, gratuitamente, a “sus señores”, la alimentación que estos obtenían por estar en la parte más alta de la estructura social así conformada.
La trama de la organización social que permite a unos vivir a expensas del trabajo ajeno sigue siendo la misma, son las formas las que han cambiado a través de los diferentes momentos históricos por los que ha pasado la humanidad. Dentro de toda esta trama, los mitos siguen cumpliendo el cometido de mantener subordinados a los diferentes sectores sociales y cumpliendo con el rol que a cada cual le ha sido asignado, de modo que cada sector piensa de sí lo que la ideología dominante ha establecido. Cada cual interioriza (por socialización) lo que funcionalmente le ha sido asignado.
Lo mismo que ocurre en la relación social al interior de cada estado (o sociedad nacional), ocurre en el plano internacional. La expoliación de excedente social está “montada” sobre una trama en la que las relaciones comerciales y económicas en general entre naciones permiten grandes transferencias de riqueza, permitiendo niveles de vida muy elevados en las economías centrales en detrimento de los propios de las economías periféricas. El orden económico mundial, sustentado sobre una transferencia de todo tipo de recursos, ha implementado los mecanismos de usurpación y expoliación de todo tipo de recursos (estén donde estén y le pertenezcan a quien le pertenezcan). Entre ellos todo tipo de minerales, gas, agua, petróleo, etc., por los cuales, en el mejor de los casos, apenas si pagan los salarios necesarios para su extracción, quedando a los estados en donde se encuentran dichos recursos tan solo un estela de destrucción de sus condiciones naturales, su suelo y su subsuelo, incluidos sus mantos acuíferos y estrato rocoso, con los niveles de contaminación que todo ello genera.
Para efectuar sus propósitos de despojo y latrocinio se han tejido las más increíbles excusas, de las cuales el mundo sigue aún esperando las pruebas: Armas de exterminio masivo en Irak, relaciones de grupos terroristas (a quienes se endosó el derribamiento de las torres gemelas del World Trade Center) con el antiguo gobierno de Irak, etc.
Todo lo anterior debe hacer pensar, mientras cada cual estemos de paso sobre este planeta, que la naturaleza humana está permeada por el egoísmo y que ello constituye un aspecto que debemos superar si queremos dignificarnos como especie que aspira a la supervivencia y a ser tenidos por dignos de aspirar a mejores cosas en nuestro transitar por el universo.